La tragedia de nuestros niños

El último informe del Instituto Nacional de Medicina Legal sobre abuso sexual a niños y niñas durante el 2018 muestra cifras que son no solo dolorosas, sino escalofriantes por la magnitud que ha alcanzado este fenómeno en el país. En el año que acaba de terminar, según esta institución, 21.513 niños y niñas fueron abusados sexualmente, lo cual se convierte en la cifra más alta de los últimos 20 años. Diariamente, 59 menores son ultrajados en lo más sagrado que tiene un ser humano: su intimidad; esto les deja secuelas psicológicas y emocionales que perdurarán por el resto de sus vidas; pero también muchos de ellos son torturados y asesinados por sus victimarios, como hemos visto horrorizados en los sucesos de los últimos días.


Del total de abusos, 18.262 fueron hacia niñas y 3.251 hacia niños. Con respecto a las edades de las víctimas, 9.896 tenían entre 10 y 14 años, 6.015 entre 5 y 9 años, 2.767 entre 0 y 4, y 2.835 de 15 a 17 años, y la mayoría de estos abusos fueron cometidos por familiares y amigos cercanos –padres, padrastros, tíos, abuelos, vecinos, compañeros de trabajo y profesores–. Respecto de esta situación, el director de la entidad manifestó en una entrevista que “esta es una sociedad enferma; no reconocemos la violencia y justificamos muchas acciones de la violencia, como si fueran naturales. Hay una crisis de valores que se refleja en el ataque a los niños”. Una pregunta que surge ante este fenómeno es por qué siguen en aumento los casos de abuso sexual a pesar del endurecimiento de las penas y el repudio nacional que genera cada uno de estos actos.


La tragedia que representa para nuestros menores cuando son abusados no puede ser enfrentada solo con medidas como la castración química del violador, la prisión perpetua o la pena de muerte. Dichas acciones no son suficientes


–aunque, por supuesto, la legislación actual debe ser revisada nuevamente–; deben ir de la mano de una profunda reflexión por parte de toda la sociedad sobre el respeto absoluto a la dignidad que merece el ser humano. No obstante, esto tampoco puede ser acción de un día; tiene que ser una actividad permanente, que vaya respaldada por hechos concretos como la movilización social, cuyo propósito sea educar a la ciudadanía y hacerle tomar consciencia sobre la protección del derecho inalienable que tienen nuestros niños a ser amados y respetados por todos los miembros de la sociedad colombiana.

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