La desesperanza del suicida (Uriel Escobar Barrios)

Un reciente editorial de El Diario titulado “Unas cifras en aumento” analiza con profunda preocupación los casos de suicidio reportados en el país, especialmente en el departamento de Risaralda, que ocupa el nada honroso segundo lugar, en lo que se ha convertido en un verdadero problema de salud pública. La base de este análisis fue la información recientemente presentada por el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses, según la cual, en Risaralda, en los nueve primeros meses del año se suicidaron 50 personas, es decir 5.5 casos por mes o una víctima cada cuatro días. Cuando se compara con los años precedentes (2016 y 2017), lo que se observa es un incremento significativo en el número de víctimas.


Lo más preocupante de esta situación -como lo reseñé en un artículo anterior cuando analizaba el doloroso caso del niño de 11 años que se quitó la vida en el municipio de Dosquebradas- es que el aumento de los suicidios se está dando a expensas de población cada vez más joven. En foros o en programas de opinión en los cuales participo siempre me formulan la siguiente pregunta: “¿Por qué se están suicidando nuestros niños y jóvenes? ¿No se supone que esta es la edad de los sueños, las ilusiones, el aprendizaje y los juegos con el grupo de pares?”. La respuesta que doy casi siempre es la misma: la cuestión no debe ser qué pasa con ellos, sino más bien qué pasa en esta sociedad, que los más jóvenes prefieren escapar hacia la muerte antes que enfrentar la dura realidad a la cual los expone de manera permanente.


Las principales razones por las cuales las personas se suicidan, según dicho estudio, son los estados depresivos profundos; la confusión en sus roles vitales; la desconfianza ante la realidad que están viviendo; los problemas, especialmente de tipo emocional y económico; y los trastornos de ansiedad. Y un aspecto que se destaca es que el consumo de alcohol y drogas es uno de los principales precipitantes para la toma de tal determinación. Hay un elemento psicológico que es común en la mayoría de los suicidas: un estado de profunda desesperanza, un no encontrar un ancla que lo ate a la existencia. Cuando una persona no tiene un ideal que la incentive a encontrarle un sentido a su experiencia vital, todo se le torna oscuro, sin salida; por esta razón, mantener encendida la llama de la ilusión es el más sólido escudo que protege a un ser humano contra el sinsentido de la vida. 
@urielescobarb

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