Cuando un niño se suicida - Uriel Escobar Barrios, M.D.

Dosquebradas es un bello municipio del departamento de Risaralda que está unido a Pereira por la majestuosidad del viaducto César Gaviria Trujillo. En este entorno paradisíaco del Eje Cafetero en el que viven 189.622 personas se presentan graves problemas sociales derivados del narcotráfico, de la violencia, del consumo de sustancias psicoactivas –en especial la heroína–, de desintegración familiar y del funcionamiento de pandillas juveniles.

A sus 11 años, John Ánderson, como todos los niños de su edad, acariciaba muchos sueños de realización; sin embargo, esa ilusión quedó truncada cuando en un momento de desesperación decidió acabar con su vida. Este hecho tuvo una gran difusión a través de medios de comunicación, pero como sucede siempre, nuevas noticias llevarán al olvido este suceso tan doloroso para cualquier sociedad.


“¿Qué sucede en la mente de un niño cuando decide tomar esta decisión?”, fue la pregunta que me formuló un periodista. Mi respuesta fue que la pregunta más bien debería ser qué sucede en una sociedad en la cual personas a tan temprana edad toman la decisión de acabar con sus días ante la dura y dolorosa realidad que están viviendo.

Desde el punto de vista epidemiológico, estos datos reflejan los graves problemas sociales del país. El informe del Instituto Nacional de Salud revela que la tasa nacional de intento de suicidio ha tenido un incremento significativo: en 2009 la tasa era de 1.8 por 100.000 habitantes y en el 2017 fue de 52.4. En el Análisis sobre Comportamiento Suicida publicado por el Instituto Nacional de Medicina Legal y Ciencias Forenses se encuentra que la tasa de suicidios a nivel nacional es de 5.22, y que el departamento de Risaralda ocupa el sexto lugar con una tasa de 7.25.


En Colombia, el suicidio de niños, niñas y adolescentes se incrementó en un 35,91% en la última década, pasando de 397 en 2016 a 415 en 2017. Este grave problema de salud pública es una de las prioridades de la nueva política nacional de salud mental; por esta razón, los dos primeros componentes –que son la promoción de la convivencia y la salud mental en los entornos y la prevención de los problemas y trastornos mentales, la epilepsia y las violencias interpersonales– consideran como prioritario la protección de los menores de edad. La única vía para el progreso de una sociedad se construye en la medida en que se garantice el bienestar y el disfrute pleno de los derechos de nuestros niños y niñas.

 

 

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