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La autoflagelación psíquica - Uriel Escobar, M.D.

Tres días atrás, durante la sesión de psicoterapia, Teresa reconoció con profunda amargura que había pensado quitarse la vida. Al expresarlo, sintió mucha culpa porque sus dos hijos, de 10 y 8 años, se habían enterado de su intención. ¿Por qué no quería seguir viviendo? Dejemos que ella lo exprese con sus propias palabras: “Porque no sirvo para nada, siempre me equivoco. Con 42 años y siendo una profesional, sigo actuando como una niña que necesita que la estén vigilando, porque si no, siempre la vive embarrando”. Antes de analizar la terrible situación de dolor que Teresa está viviendo, quiero referirme a uno de los primeros casos sobre flagelación documentados en la historia, realizada por el rey Jerjes I en las guerras médicas librada entre Persia y Grecia. 

“Llenó de enojo esta noticia el ánimo de Jerjes, quien irritado mandó dar al Helesponto trescientos azotes de buena mano, y arrojar al fondo de él, al mismo tiempo, un par de grillos”. Este episodio relatado por Heródoto de Halicarnaso sucedió en el año 480 a.C.; ya desde esa época eran conocidos los azotes físicos –en este caso, propinados al mar de los Dardanelos– como una forma de saldar una afrenta o de expiar los pecados cometidos a través de la mortificación de la carne, como se hizo durante siglos en el contexto religioso. De este método se deriva la autoflagelación: es la persona quien se provoca daño a sí misma para autodisciplinarse y liberarse de los pensamientos, deseos o actos que considera inaceptables para su vida. 

 

 

Existe otra manera de mortificarse, de provocarse daño como una forma de reparar o expiar las culpas, y que sigue cumpliendo la misma función que ha desempeñado desde la más remota historia de la evolución de la sociedad humana: la autoflagelación psíquica. Un ejemplo muy claro de ello es lo que está experimentando Teresa, una mujer exitosa desde el punto de vista profesional, pero que en el fondo de su ser íntimo padece una serie de conflictos que la hacen sentirse infeliz. Y así como ella hay una inmensa cantidad de personas con una pobre valoración de sí mismas, con baja autoestima, tratando de cumplir un rol que la sociedad les impone y que no se percatan de un elemento primordial para alcanzar la realización humana: que cada individuo debe vivir su propia experiencia sin importarle lo que los demás piensen de él.

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