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Educar antes que penalizar. Uriel Escobar, M.D.

En la columna de la semana anterior “No es penalizando, es educando” abordé de manera general el impacto que ha tenido en muchos países el programa que Nixon denominó en EE. UU. “la guerra contra las drogas”. Las muertes de policías, soldados, traficantes, líderes y lideresas sociales y de la población civil involucrada en atentados y ajustes de cuentas entre pandillas llevó a que en muchos países del mundo se comenzara a pensar en estrategias más integrales, no basadas exclusivamente en la represión y la persecución del narcotráfico. 

 

Uno de los grandes avances ha sido el reconocimiento de la adicción como enfermedad y el trato de la persona adicta como enferma y no como delincuente. Y el segundo gran hito ha sido la legalización y el control por parte del Estado sobre toda la cadena de consecución de la droga.

 

No obstante, dichas estrategias no serán exitosas si no se acompañan de un componente esencial: la educación de la población, para que tome conciencia sobre los peligros que acarrea el consumo. Uno de los puntales fundamentales de una democracia es devolverle la libertad al individuo; pero no de cualquier manera, ¡no! El estado debe proporcionarles a sus ciudadanos los insumos necesarios para que las personas ejerzan su libertad, con pleno conocimiento de las acciones que están realizando, y es allí donde la educación entra a desempeñar un rol protagónico. De hecho, algunos lectores han hecho sus aportes al artículo anterior: unos insisten en que la legalización en Colombia ha traído consigo aumento del consumo y que, además, el Estado no se puede quedar de brazos cruzados, en especial cuando se afectan  a los niños y adolescentes. 

 

Si bien no se puede poner en duda que al Estado le corresponde ejercer acciones de control y persecución de cualquier actividad que vaya en contra de la legislación vigente, la discusión se debe centrar, como ha sucedido en otros países, en estrategias integrales y fundamentadas en el avance de las neurociencias, la psicología, la sociología y del reconocimiento de las libertades individuales. La sola represión desdibuja la función que debe cumplir una democracia moderna: la discusión a todos los niveles, liderada por expertos, sobre las mejores estrategias de afrontamiento, sin  sesgos moralista. En el núcleo de la controversia debe estar una educación informada y a largo plazo dirigida a toda la población, que cada vez debe adquirir un mayor conocimiento sobre el papel protagónico que desempeña en la instauración de toda política pública.

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