Cuando el alma duele - Uriel Escobar, M.D.

Ya habían pasado casi tres años desde el momento en que Cecilia comenzó a experimentar esa sombra que se había apoderado de su vida. Con amargura y una profunda desazón, le cuenta al terapeuta que ya no quiere seguir viviendo más en esta situación.

 

A sus 61 años, con un esposo amoroso y comprensivo, con dos hijos adultos y dos nietos que son su adoración, dice tener a su favor todas las condiciones para ser feliz; sin embargo, reconoce con una gran impotencia que todos estos –que considera regalos que la vida le ha dado– “no me producen sino mucha culpa”. Cecilia está padeciendo una serie de síntomas como desánimo y tristeza; no disfruta las actividades cotidianas, y ni siquiera compartir con los nietos la saca del profundo pesimismo en que vive.

De esta forma se ha desarrollado su vida en estos tres últimos años. Ha tomado bastantes medicamentos y ha visitado a varios psiquiatras; pese a ello, no mejora y siente que la vida se le está escapando cada vez más pues ha perdido la motivación por ella.

 

En un momento de la intervención le confesó al terapeuta que “esto que los médicos llaman una depresión, se manifiesta en mí con un gran dolor en el alma”. Según el último informe (2017), de la Organización Mundial de la Salud, la depresión es la enfermedad que ha tenido mayor crecimiento en los últimos años; tanto es así que actualmente es una de las que más influye en la medida de carga de la enfermedad global (es decir, los años de vida por discapacidad, AVAD) y para el 2020 será la segunda causa de morbilidad en el mundo.


Durante mi práctica clínica he tenido la oportunidad de escuchar en otras oportunidades a personas que asimilan la depresión como un dolor en la parte más profunda de su ser. Esta vivencia es tan dolorosa, que muchos que la padecen no la toleran y buscan en el suicidio “una liberación ante una vida carente de sentido”, como lo expresó de manera contundente Moisés (uno de mis pacientes), días previos a quitarse la vida.

 

La depresión duele y provoca en quien la padece una profunda sensación de separación de su núcleo vital; y en ese núcleo yace un ser solitario que ansía conectarse con el otro, con su semejante. La mejor estrategia para abordar a una persona deprimida es el reconocimiento de su dolor y el acompañamiento amoroso de su sentir. La vida humana es una lucha perenne entre las fuerzas que amenazan su destrucción y aquellas que lo llevan a la conciencia de su armonía y unidad con todo lo que existe.


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